martes, 28 de febrero de 2017

Brayan, su peinado y el olor de su madre

             

Hoy solo he hablado con dos personas y una de ellas es muda. La otra persona se llama Brayan y es camarero. Todo el mundo le llama así en su cafetería. “Brayan, por favor, un café con leche”. La verdad es que no sabía si lo estaba llamando o insultando. Se compone Brayan el pelo hacia adelante por los lados y hacia arriba por el centro de su cabeza. Un elaborado peinado que adorna con una sonrisa segura. No sé cómo alguien conforma tanta seguridad llamándose Brayan. Cuando las chicas lo nombran el camarero se crece dentro de su escasa altura. No puedo evitar envidiar su bienestar de hombre pequeño en una seguridad grande con camiseta de tirantes.

Después y por casualidad he sabido por qué este chico sonríe abiertamente mirando a la vida por encima del hombro. Al parecer, Brayan recogía aceitunas este invierno y manejando unas pinzas se cortó dos falanges. Su empleador le dejó sin empleo, sin dedos y sin aceitunas. Creo que los olivos elevaron su protesta verde y sorda pero aun así los tres hijos del joven Brayan dejaron de beber leche y cacao otro mes. Hasta que ha encontrado trabajo en el bar y los niños desayunan y hasta cenan cosas ricas.



Todas las chicas que entran al bar son iguales. Tan iguales como siempre han sido las chicas a su edad. Cuando entran en la cafetería, miran al camarero y les invade una risa incontrolable solo por ver al camarero de los dedos rotos. ¡Ese peinado…! La imagen de Brayan delante del espejo cimentando ese encofrado produce ternura maternal para mí y supongo que deseo inconsciente en ellas. Entre todas juntan los céntimos para pagar los cafés y se lían con las monedas, se ríen, se confunden, se vuelven a reír, cuentan las monedas, se siguen riendo. Qué bien me lo pasaba yo cuando era así y qué pesada tenía que ser para quien estuviera en la barra de cualquier cafetería viéndome pagar un café con mis amigas y toda la risa del mundo.



Pues sí, Brayan les gusta. Inexplicablemente, se sienten atraídas por un chico con una vestimenta adherida a las siete capas de su piel. Les atrae un muchacho con madurez prematura que huele a cosmético de cuarto de baño con superpoblación femenina. Un hombre no puede oler así. Recuerdo a un hombre que me atraía pero que olía a un desodorante que se llamaba Tulipán Negro. Cuando me acercaba a él y olía el Tulipán Negro sentía que estaba bajo la axila de su madre y se me encogían las ilusiones.

Y Brayan tiene pinta de oler a la colonia de su madre mezclada con el intenso olor del suavizante de la ropa. Es decir, Brayan huele a mimos, a cuidados excesivos y a papillas blancas aún sin digerir. Las chicas se ponen el pelo hacia delante, después se lo colocan hacia atrás; otra vez el pelo hacia delante, se ríen, vienen, van. Al camarero le gusta, como no podía ser de otra forma, la chica que tiene más formas. Las otras dos guardan inocentes esperanzas sin captar aún que todo se reduce a una simple cuestión de volúmenes. No saben que aunque Brayan dibuje cara de pensar, no piensa nada. Nada de nada. “¿Qué te debo?”, le digo, “Uno veinte” me dice él. Este ha sido su máximo cálculo esta mañana. El café estaba bueno.


Por cierto, el señor mudo, el otro hombre con el que hablé esta mañana, me dijo que su hermano había muerto de una embolia repentina y que no hacía falta que fuera al entierro. También me dijo que me dará unas hojas de los lirios que tiene en su patio para ponerlas en agua. ¡Qué bien!


                    

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